sábado, 27 de mayo de 2017

Todo el mundo conoce obras de arte, ¿no es cierto?

Filosofía en la radio




por Oscar Cuervo

¿Por qué nuestras conversaciones filosóficas radiales de los sábados a la tarde llevan por título "Arte y verdad"? ¿Qué tiene que ver el arte con la verdad?

Para el sentido común, el arte se relaciona con la experiencia subjetiva de la creación del artista y del gusto del espectador, mientras que la verdad se encuentra más claramente en la objetividad científica. A menos que retomemos el camino propuesto por Nietzsche a fines del siglo xix, para quien la verdad y el conocimiento científico son también productos de la invención: el hombre crea la verdad así como el artista crea la obra. Para Nietzsche, al menos para una de sus versiones más difundidas, la invención de la verdad se parece a la de la creación artística. En ambos casos, sostiene un nietzscheanismo hoy de moda, se trata de inventos humanos, demasiado humanos. No es que el arte nos acerque a una experiencia verdadera, sino que toda pretensión de verdad es pensada bajo el modelo de una creación artística. Esta versión de Nietzsche ha tenido un gran éxito en ámbitos académicos vinculados a los estudios culturales, mientras en las ciencias duras sigue adjudicándosele a la ciencia y solo a ella la posibilidad de fundar la verdad.

Pero estas dos consideraciones sobre la verdad, aparentemente opuestas, tienen sin embargo algunos puntos en común: por ejemplo, que ya se sabe qué es el arte, esto es: una invención subjetiva; también coinciden ambas posturas, la cientificista y la nietzscheana, en que por "verdad" se entiende una objetividad clara e impersonal, independiente del sujeto que la conoce. La diferencia entre ambas posiciones radica en que Nietzsche dice que esta noción de verdad, la única que él concibe (en coincidencia con el cientificismo), es una mentira o un error (y solo en eso se diferencia del cientificismo).

Nietzsche dice que la verdad es un error, por lo cual mantiene el mismo concepto de verdad de la tradición filosófica dominante en la cultura occidental, sólo que para declarar que es un engaño. Mientras para los cientificistas estaría, por un lado, la verdad objetiva y desencarnada y, por el otro, el arte como una invención del artista, para Nietzsche, que admite el modo de ser que el cientificismo les atribuye al arte y a la verdad, dice que la verdad solo es posible como invención. Es decir: no va más allá de ninguna de las dos nociones usuales, solo que reduce ambas a una de ellas.


Heidegger en el siglo xx introdujo otra perspectiva para problematizar el asunto. Dice que a esta altura todavía no hemos pensado bien a fondo ni qué es una obra de arte ni qué es la verdad. Sostiene que ambas nociones, entre las que pendulan los cientificistas y Nietzsche, están encallecidas, endurecidas por siglos en los que se dio por sentado que los conceptos de arte y de verdad se entienden solos. Pero ese entendimiento aparentemente tan sencillo encubre una renuncia al pensamiento, que siempre es pregunta.

En ese des-entendimiento, que es un extravío, podemos tomar partido por la opinión de que tenemos un acceso garantizado a las cosas, a nuestra propia subjetividad humana, a las obras de arte, al modo de ser de los artistas, a los meros objetos, a la naturaleza, a la cultura. Después, fingimos que ordenamos todas esas piezas de una manera o de otra. Unos, más objetivistas, pondremos al arte por debajo de la ciencia; otros, más subjetivistas, como Nietzsche, diremos que todo es un invento subjetivo.

Heidegger sostiene que ambas posturas renuncian a arrojarse al abismo de la pregunta. No sabemos ni podremos saber qué es la verdad, mientras la asociemos livianamente a la objetividad. Menos aún entendemos qué es una obra de arte y qué es un artista si pensamos a la obra como una invención de un sujeto artístico que le precede y le da existencia. Todos estos son prejuicios asentados por mucho tiempo.

Si nos animáramos a repensar qué es la verdad y qué es una obra, y por qué la humanidad del ser humano no se llega a pensar ni como sujeto de conocimientos objetivos ni como sujeto de invenciones artísticas, podríamos descubrir en la obra un punto de acceso a la verdad que no responde al modelo de objetividad científico ni al modelo de invención artístico.

Habría que romper con la inercia de las opiniones impuestas por tradición y con la engañosa naturalidad del sentido común imperante. Y así, con una mirada extrañada, sin garantías de llegar a un fundamento último, como quien se pierde por los senderos de un bosque, podríamos desencubrir qué experimentamos ante una obra de arte y por qué ella no se deja pensar como cosa inventada por un humano.

De estas cuestiones venimos charlando desde hace varias semanas en nuestro espacio filosófico radial de los sábados en Patologías Culturales (FM la Tribu, 88,7, online acá), conducido por Maxi Diomedi. Las tardes de sábados de este casi invierno pueden ser un momento propicio para entregarse a la apasionante aventura de pensar sin garantías. Ya llevamos varios capítulos. Los dos primeros los encuentran clickeando acá.

En este post incluyo desde el tercero al sexto.









Esta tarde a las 17:00 vamos por el séptimo capítulo. Los invito a escucharnos.

Como un anticipo de lo que pensó Heidegger hace más de 80 años, dejo acá un pasaje de su texto "El origen de la obra de arte", publicado en su libro Caminos del bosque.

"Todo el mundo conoce obras de arte. En las plazas públicas, en las iglesias y en las casas pueden verse obras arquitectónicas, esculturas y pinturas. En las colecciones y exposiciones se exhiben obras de arte de las épocas y pueblos más diversos. Si contemplamos las obras desde el punto de vista de su pura realidad, sin aferrarnos a ideas preconcebidas, comprobaremos que las obras se presentan de manera tan natural como el resto de las cosas. El cuadro cuelga de la pared como un arma de caza o un sombrero. Una pintura, por ejemplo esa tela de Van Gogh que muestra un par de botas de campesino, peregrina de exposición en exposición. Se transportan las obras igual que el carbón del Ruhr y los troncos de la Selva Negra. Durante la campaña los soldados empaquetaban en sus mochilas los himnos de Hölderlin al lado de los utensilios de limpieza. Los cuartetos de Beethoven yacen amontonados en los almacenes de las editoriales igual que las patatas en los sótanos de las casas".


No hay comentarios: