sábado, 10 de agosto de 2013

La verdad del cínico, el amigo de los perros

Conversaciones filosóficas en Patologías culturales


En el programa anterior de Patologías Culturales continuamos con nuestras conversaciones filosóficas, que vienen girando alrededor de las distintas nociones de verdad que aparecen en la historia occidental. Retomamos el antiguo concepto griego de parrhesía, palabra que etimológicamente significa "decirlo todo". Decir todo no es lo mismo que decir cualquier cosa que se nos ocurra, sino decir sin ocultamientos. Sócrates (470 — 399 a. C.) encarna esa actitud parresíaca, según la analiza Foucault en sus últimos cursos, fundamentalmente El coraje de la verdad.

Si la verdad requiere coraje es porque ella no es solamente un decir correcto, sino ante todo una vida en la que se hace lo que se dice y, recíprocamente, se dice lo que se hace. La verdad es una vida verdadera, donde la palabra está encarnada en una conducta pública, de cara a nuestros semejantes, los conciudadanos. Por eso, una vida verdadera es, en el sentido socrático, aquella en la que convergen la convicción íntima, el decir público y el actuar. Hablar nos compromete a sostener la palabra ante los demás, de manera que la vida verdadera es la que puede mostrarse enteramente a los otros, sin disimulos. Por ello, el doble discurso que representó la abjuración de Galileo en la modernidad, que permitía disociar lo que se cree privadamente de lo que se dice públicamente, es inconcebible en el modelo socrático.

Coraje de la verdad, entonces: porque una vida verdadera conlleva riesgos. Si uno está decidido a mantener una coherencia en el decir y en el hacer, en hablar y actuar sin ocultamientos, esta decisión pone en peligro la relación con los demás. La verdad no siempre es bien recibida pero debe decirse a pesar de eso. Los otros, pueden enojarse, el decir veraz puede volverse insoportable para la comunidad. La posibilidad extrema de esa tensión es la muerte. Sócrates, como producto de su modo de vivir verdaderamente, fue condenado a muerte en su ciudad. Se lo acusó de cuestionar la religiosidad tradicional, de promover falsos dioses y corromper a la juventud. Se lo consideró un sujeto disolvente.

Era injusta esa condena, pensaba él; sus amigos, para ponerlo a salvo, barajaron la posibilidad de facilitarle el escape, mientras esperaba en la cárcel el momento de la ejecución. Sócrates se negó porque escaparse sería una manera de ocultarse, de disociar lo que había sostenido toda su vida de sus actos. Y para él era decisivo hacerles ver a sus conciudadanos que estaba equivocados. Si se escapaba para que no se cumpliera su ejecución, él se condenaría a algo peor: a vivir una vida falsa. Por eso, una vida verdadera le exigía vivirla en su integridad, es decir: hasta la muerte. Todo su tarea de búsqueda de la verdad era también una preparación para morir. Vivir de tal manera que nos permita también llegar a la instancia de una muerte verdadera, una muerte que sea tan pública, es decir, sin nada que ocultar, como fue la vida.

Y ahí aparece otra vuelta de tuerca. ¿Uno de los riegos que acarrea decir la verdad es la muerte? Si, pero no. En realidad el peor riesgo, para Sócrates, es una vida falsa. Vivir falsamente. Por eso, vivir verdaderamente es la forma de cuidar de sí y al mismo tiempo cuidar a los otros. En la concepción socrática de la existencia no existe separación entre lo que conviene a sí mismo, lo personal, y lo que conviene a la comunidad, lo colectivo. Uno vive verdaderamente de cara a los demás, aun a pesar del rechazo de los demás, para cuidarse y cuidarlos.

Apenas unas décadas después aparece Diógenes (404 a.C. - ?  c. 323), que es en cierta forma un continuador de Sócrates, pero llevando la práctica de una vida verdadera en relación con la comunidad hasta una tensión extrema. Diógenes, el cínico: se lo llamaba así porque vivía rodeado de perros, o vivía como los perros. Es decir, la vida verdadera fue entendida por él como una vida despojada de necesidades superfluas. Coincidía con Sócrates en la necesidad de vivir sin ocultamientos. Pero llevado a un extremo este principio exige no ocultar nada de lo que uno es, incluso los aspectos más desagradables, aquellos que para una persona común son vergonzosos. Si soy así, pensaba Diógenes, entonces no hay nada que ocultar. Eso lo llevaba, por ejemplo, a cagar o a masturbarse en público.

Su verdad era chocante. Y ese es el tipo de riesgo que él encarnaba. El choque era, en la visión de Sócrates, una posibilidad que se debía sostener si fuera necesario, para que la verdad se manifieste. En el cinismo de Diógenes, el choque es necesario, es imposible no hacerlo si se quiere ser verdadero. En este caso, la verdad destella en el choque que se produce entre lo que uno es auténticamente y lo que la sociedad está dispuesto a soportar. Sócrates estaba dispuesto a chocar si no quedaba otro remedio, pero ese choque era un tributo a los demás, un servicio. Sócrates era un héroe. En cambio, para Diógenes el choque era el indicio de que la verdad acontecía. La verdad es no solo riesgosa sino también escandalosa.

Foucault dice que en la historia occidental esta noción de vida verdadera, sin disimulos, no se acaba con Diógenes, sino que sigue hasta la actualidad, en todas aquellas posiciones en las que una vida verdadera implica escándalo: el martirologio cristiano, la vida del artista romántico y la militancia revolucionaria son otras tantas formas de parresía cínica, es decir: de vivir en el coraje de una verdad insoportaible para la comunidad. El mártir, el artista romántico y el revolucionario tienen la misión de mostrarle a la comunidad lo que ella no quiere aceptar.

Hasta ahí llegamos en el programa pasado. Terminamos en Diógenes y la escuela de los cínicos (vale aclarar que en este contexto la palabra "cinismo" tiene una connotación muy diferente de la actual -ampliaremos). El programa anterior se puede escuchar acá.

1 comentario:

julieta eme dijo...

muy buenos estos posts... espero ansiosa la definición de cinismo. si la estudié, ya no la recuerdo...