jueves, 3 de septiembre de 2009

El secreto de sus ojos

Divertimento nacional


por oac

La última película de J. J. Campanella ya está cómodamente instalada como el fenómeno de taquilla de este año (más de 820.000 entradas desde el 13 de agosto hasta hoy). En los días anteriores a su estreno y durante algunas semanas se constituyó además en materia polémica entre críticos y cinéfilos, en blogs, en foros virtuales y en alguna columna impresa. La polémica parecía demarcar dos campos: los "campanellistas" y "anticampanellistas". En seguida la discusión devino en una disputa entre dos facciones: los defensores del cine "popular" y de los géneros que conecten con el público, por un lado, y los presuntos defensores del cine de autor (a los que en algún foro se desdeñó como cinéfilos palermitanos, chicos del Bafici, snobs), por el otro. En realidad no se estaba hablando de la película misma, sino que se la usaba como bandera para defender o atacar posiciones estético-políticas. Por supuesto que Jorge Carnevale no se iba perder la oportunidad de lanzar una vez más sus amarguras retrógradas sobre las películas de hacheros. Hubo acusaciones cruzadas entre partidarios de la revista El Amante y los de La Cosa. Hubo quien dijo en la radio que se trataba de la mejor película argentina desde la vuelta de la democracia. A alguien no le pareció suficiente y dobló la apuesta: es la mejor película argentina de todos los tiempos. Varios se apresuraron a celebrar el hecho de que al fin un director argentino pensara en el público, inmediatamente los que venían detrás salieron a exigir la vuelta a los sets de Adolfo Aristarain e Israel Adrián Caetano (otros cineastas presuntamente conectados con el alma de su pueblo); no faltó quien lamentara el temprano deceso de Fabián Bielinsky, destinado a hacer el Gran Cine Argentino que nos debemos. Muchos de estos salieron a saludar el seguro ocaso de los muchachos que hacen cine para sí mismos sin pensar en el público.

Hay en el ambientillo del cine y sus alrededores una añoranza por la restauración de los géneros, del clasicismo, del pacto de "transparencia" entre la industria cinematográfica y sus consumidores, y de las emociones que puedan entender todos. Salta un poco todos los años a propósito de cualquier cosa. El año pasado era que Historias extraordinarias venía a comenzar una nueva época en el cine argentino, signada por la proliferación trepidante de narratividad desbocada, que aniquilaría los tiempos muertos de Alonso o el hermetismo de Martel. El anteaño era Los paranoicos de Gabriel Medina la que iba a dar por iniciado el reinado irreestricto de la nueva comedia argentina que conectaría con los sentimientos de toda una generación (¿se acuerdan de Los paranoicos?). Si vamos para atrás, puede ser que recuerden que aquella última que hizo Caetano sobre los que se fugaban de un centro de detención durante la dictadura fue celebrada como una gema a la altura del mejor John Carpenter, un ejemplo de cómo conjugar el cine de género (los apólogos dictaminaron que se trataba de una película de terror) con el compromiso político.

Los que salen una vez cada tanto a reclamar: ¡más emociones! ¡vuelta al género! ¡más conexión con el público! son, evidentemente, portavoces de un malestar. Más que una buena película están esperando un faro que los guíe en la noche de la penuria del mundo y la huida de los Dioses, una reposición de valores añorados, una vuelta atrás, hacia una postulada idea de goce "inocente", de pelis que nos hagan palpitar el corazón como cuando éramos chicos. Lo que pasa es que cuando empezamos a desear ser chicos durante un rato es porque ya no somos chiquitos. Entonces lo que queremos en realidad es hacernos los boluditos.

Bueno: El secreto de sus ojos, la película, separada de todas estas consideraciones y necesidades facciosas, no es para tanto. A Campanella no hay que colgarlo en Plaza de Mayo; hacer un dossier anti-Campanella es una sobreactuación; hacer un dossier a favor y en contra son dos sobreactuaciones. La mejor película de la historia no es, la segunda mejor película del corriente año tampoco. Es, digamos, un divertimento nacional bien hecho. Supongo que eso la hace excepcional en el marco de una "industria" (no me atrevo a usar la palabra sin comillas) donde los divertimentos están muy mal hechos. Pero no sé, la verdad es que no sé, porque usualmente no veo divertimentos nacionales. De hecho es la primera que veo de Campanella. Jorge García me dice que El secreto de sus ojos es la mejor que hizo (lo cual según García no significa gran cosa) y que Luna de Avellaneda es directamente deplorable.

Yo creo que esta película está concebida y ejecutada con mucha astucia, que tiene en los roles protagónicos a un trío que corta entradas. Darín es un tipo encantador, hace estos papeles de taquito, un muchacho sensible, un tipo gamba, alguien a quien todos queremos tener de amigo y las señoras de amigovio. En verdad es un buen actor, siempre encuentra el tono justo, nunca desentona. Soledad Villamil es muy bonita, se entiende que el personaje de Darín esté enamorado de ella a lo largo de las décadas en que transcurre la historia y que le hable de usted (como Panigazzi a Rosi en Gasoleros) sin animarse a declararle su amor hasta el final esperanzador. Lo que no se entiende es que Darín envejezca ostensiblemente a medida que pasan los años y que ella parezca tener siempre 35, en la época de Isabel Perón y 25 años después: no es que se haya puesto botox, es que está igual. Pero, bueno, se trata de un divertimento y este tipo de objeciones verosimilistas no tienen mucho que hacer aquí.

El que está mejor que de costumbre es Guillermo Francella: quiero decir: el tipo está bien, se sacó el bigote como para que todo el mundo salga comentando: ¡Francella no parece Francella! La cuestión es que el tipo muestra que puede actuar bien si alguien lo dirige. Acá hace a un oscuro empleado del poder judicial, un borrachín a cuyo cargo están todas las escenas graciosas de la película. Porque, cabe aclararlo: esta película tiene algunas escenas graciosas, otras de suspenso, un poco de romance, algo de tragedia, una dosis de violencia, el cadáver desnudo de una chica bonita, algunas manchas de pintura color sangre y hasta un pene semierecto. Es decir: tiene de todo. Campanella construye la película de un modo episódico, alterna pasos de comedia y de drama, espolvorea con referencias políticas como para satisfacer a los espectadores que buscan un poco de compromiso y nunca pierde el timming. Es un mérito: es difícil sostener durante algo más de dos horas un relato con vaivenes, cambios de registro, oportunidades de lucimiento hasta para los personajes menores, vueltas de tuerca y, con todo, salir airoso. Es la astucia la que lleva a poner a Francella haciendo algo distinto de lo que hace desde hace siglos y confiar en que lo va a hacer bien, escribir pasos de comedia especialmente para él sin que el desarrollo de la película lo exija y que aún así "funcione" (fea palabra para una crítica de cine). La misma astucia lleva a terminar la película dos veces sucesivamente: un final amargo y otro dulce, para que la gente salga contenta y la recomiende.

Acabo de decir que el desarrollo del film no exigía los pasos de comedia, pero pensándolo bien lo mismo podría decir de las referencias a las tres A (que hace decir a circunspectos comentaristas que Campanella es capaz de articular la historia con la -ay-Historia): si se sacaran estas referencias, quedaría una comedia dramática con toques sentimentales y nadie se daría cuenta de que algo falta. Y si Campanella quitara las escenas de romance para dejar la investigación policial, quedaría un film noir con una trama de corrupción en el poder judicial. Esa sensación de que el eje de la película no está en ninguna parte más que en el cast hace que no se pueda tomar nada de lo que sucede demasiado en serio. Lo más serio es la destreza de entretenedor, la habilidad para dosificar tantos elementos sin que el conjunto quede desequilibrado. Esa misma destreza, demasiado ostensible, hace que uno tenga que reparar en todos los ingredientes de la receta como lo que son: ingredientes.



Un par de ejemplos son síntomas: como se abren varias líneas narrativas paralelas que diversifican (se trata de eso: diversión) la oferta, hay que tomarse el tiempo para darle un final al film noir y otro a la comedia romántica. El otro síntoma es la escena de la que todos hablan: un plano secuencia que empieza en un Gran Plano General sobrevolando la cancha de Huracán, baja al campo de juego, se mete en la popular, se desplaza entre la multitud, baja las escalinatas, se mete en el baño, todo sin cambiar el punto de vista. Probablemente nunca el cine argentino haya realizado una proeza técnica semejante. Parte del marketing de la película consiste en que su director aparezca en las notas explicando que para hacerla se usó un software que antes se había usado en El señor de los anillos, y nunca antes en el cine latinoamericano. La escena tiene por momentos una textura digital que recuerda a un videogame, y aún así... funciona. Lo que sucede es que es la única escena de acción física en medio de una película que, por lo demás, transita por otros carriles. Como si por cinco minutos hubiera tomado el mando de la película Brian de Palma para devovérsela al rato a Campanella.

18 comentarios:

Anónimo dijo...

Habrá que verla y sacar conclusiones.
La discusión inicial es banal y existe tanto como menottismo y bilardismo. Por supuesto que aquel tono sobrador de los menottistas que se resisten (que valientes!) a hacerse "boluditos", en primer lugar: deberían demostrarlo en la vida (en este caso haciendo peliculas "no boluditas") mas que con criticas perdonavidas en un blog porteño. Y en segundo lugar que deja una suerte de vacio legal para peliculas como El Padrino o simplemente para tipos como Kubrick, Bob Marley, el creador de la empanada de jamón y queso o Piazzolla que enloquecieron al público masivo y se conectaron con el "alma de su pueblo" bastante mas que por ejemplo Lisandro Alonso por nombrar a uno.
Campanella es bastante malo, en eso tiene razón Jorge Garcia. Pero si me decis que Francella se afeitó el bigote, hoy mismo voy corriendo a comprar el dvd trucho (no voy a comprar una entrada para ver a Francella, por que parte de esa plata despues sirve para hacer peliculas de mierda sobre hacheros, de hecho Francella es el papá por siempre de mucho cine independiente que no siempre es tan magnifico).
Dvd trucho, mejor.


Nestor Pitroll

julieta eme dijo...

viste HE??? para cuándo??? quiero saber qué te parece esa peli!!!!

Oscar Cuervo dijo...

Juli:
Ya llega, ya llega...

Anónimo dijo...

Cuando hace unos meses te dije que me sorprendio que en Notoriuos usaran tapados de piel en Rio de Janeiro, poco mas o menos me trataste de infradotado,y que Alfred no hacia peliculas creibles sino increibles, pero vos si podes criticar que Villamil parezca siempre de 35.

Por supuesto que no te estoy comprando a Campanella (del que vi Luna y me parecio un bodrio) con Hitchcock,pero Cuervito...en que quedamos ?
Vos podes hacer comentarios sobre lo creible o no y los demas no podemos ?

saludos
M

Oscar Cuervo dijo...

M:
tantos meses de silencio para emitir semejante irrelevancia?

Fijate mi frase "este tipo de objeciones verosimilistas no tienen mucho que hacer aquí". La pavada te le hubieras ahorrado

También podrías aprovchar alguna vez el espacio que desperdiciás en este blog en hacer alguna observación inteligente. no es obligación , sólo una expresión de deseo.

César dijo...

Soledad Villamil es la mujer mas hermosa de la Argentina.

Anónimo dijo...

tanto palabrerio seudofilosofico para decir que la peli es maso.que chanta este cuervo

Anónimo dijo...

Y si no tienen mucho que hacer aquí, para qué lo dijiste?

vos tambien te lo hubieras ahorrado

me parece que sos medio tramposo

M

Fernando dijo...

Muy buen comentario. Sigo buscando en internet quien me devele el misterio de por qué esta película gusta tanto (incluso a muchos críticos). Es cierto, no está mal como entretenimiento, pero de ahí a los aplausos en los cines, a los elogios de los especialistas, a los debates...
Creo que la forma en que el personaje de P.Rago "hace justicia" es para no pasarla por alto. La manera liviana con la que Campanella alude a las épocas de la Triple A, tampoco. Y sigo sin encontrarle sentido a la toma en la cancha de Huracán ¿sería el punto de vista de quién? ¿Dios entrando a la cancha?
Si se trata de películas argentinas que llevaron miles de espectadores a los cines, me quedo con "Juan Moreira".

Agustin O. dijo...

Me parece que hay Películas de Campanella que son criticadas por demás. El caso de "Luna de Avellaneda" es uno. En lo que algunos pueden llamar costumbrista, popular, la esencia de lo barrial, el club, que se yo, miles de cosas, hay un mensaje escondido, bah, en realidad no está escondido, creo que no es muy dificil verlo, pero que no sea difícil de verlo no quiere decir que sea malo, sino todo lo contrario. Para mi, el mensaje de "Luna de Avellaneda", por ejemplo, me parece muy bueno y más en los timepos en que vivimos. Donde un club fue, y aun en algunos casos sigue siendo, refugio de miles de chicos. Uno se educa en la casa en primer lugar, después en la escuela, pero en el barrio o en el club podemos formarnos como personas de bien también, que eso al fin y al cabo es lo más importante. Que te pueden enseñar en un club? Nada de historia, nada de lengua, nada de matemáticas. Pero lo que sí podés encontrar es un lugar, un momento, para recrear y respirar aires que no son nocivos, sino todo lo contrario. Tengo un montón de ejemplos directos de pibes que no tienen una vida mas bien conflictiva que se criaron en un club por decirlo de alguna manera, haciendo deporte, o yendo de vez en cuando a un campamento, que eso que parece una pavada te limpia el alma aunque no nos demos cuenta.

Respecto del Secreto de sus Ojos me pareció una muy buena película, que no tiene nada que ver con lo que venía haciendo Campanella. Tuve el gusto de leer la novela en la que estuvo basada y recomiendo ampliamente que la lean. El autor es Eduardo Sacheri y no es el secreto, sino "La Pregunta de sus Ojos".

Mariana T dijo...

Yo tengo ganas de verla ya que tanto se habla de la película. Para poder hablar de algo hay que experienciarlo(Cuervo dixit). Pero ya me imagino por todo lo que se dijo, y como dice un amigo, que es "cine institucional" bien hecho.

Oscar Cuervo dijo...

Mariana T:
yo nunca uso el verbo "experienciar", es horrible.
saludos

Mariana T dijo...

¿Por qué es horrible? No sé por qué intuía que me ibas a decir algo al respecto...

Anónimo dijo...

Lo uno que cuervo no pudo experienciar es la vida.

Oscar Cuervo dijo...

Mariana T:
yo no usaría jamás esa palabra, es un engendro comparable a vacacionar, tensionar o, digamos, anticipacionar. No me haría falta argumentar por qué es horrible, porque de lo que estoy seguro es que yo nunca la usaría. Solamente quería dejar sentado que Cuervo no dixit eso.

Si intuías que iba a decir algo al respecto, se ve que tu intuición no falla.

hanna dijo...

La escena a la que aludís está buena, aunque me produjo un poco de vértigo. El resto de los ingredientes de esta receta me cayeron indigestos...

charly dijo...

hola Oscar, escribí una nota sobre la película en www.plantarevista.com.ar estás invitado saludos

julieta eme dijo...

vi esta película ayer en un ciclo de cine debate. coincido con tu crítica. no es horrible, pero tampoco es buena.